Madre María Luisa

El 11 de julio falleció Madre María Luisa, quien dejó su impronta escolapia en todos los colegios en los que desempeñó su vida religiosa y académica. Compartimos las sentidas palabras de la profesora Ana María Sampieri, exdocente y directiva del Colegio Mitre de Concordia.

A Madre Élida María Luisa Goicoechea, que ya goza junto al Señor, junto a nuestra Madre y en los cariñosos brazos del Padre Calasanz y de Madre Paula

Hoy se me acumulan muchísimas sonrisas y algún que otro sinsabor en la memoria del corazón. Recuerdos que mantenía calentitos, ahí, esperando la posibilidad de volver a encontrarme con usted, aunque sea una sola vez más…para darle ese abrazo último que no pude darle cuando partió por tercera vez, de Concordia en aquel febrero de 2013, tiempo en que, significativamente, se concretaba la partida de la Comunidad Religiosa de nuestro Colegio. Y como todas las Madres mayores…,se fueron en silencio…sin decirnos adiós porque eso a ustedes no les gustaba. Madre Adelina, usted, Madre Nati…dejaban el Colegio en manos de laicos, porque la realidad dura y triste de la Congregación obligaba a ello. Fue un adiós no dicho, no querido, que entonces avizorábamos, aunque no con la tristeza desgarradora de sabernos sin las Madres en Concordia. ¡El Señor puso Su Mano en el Colegio y tratamos de seguir, asistidos siempre por las Madres que desde entonces, nos socorrieron y acompañaron!

Pero mi corazón se va muchos años más atrás…El 8 de mayo de 1987 (¡Día de Nuestra Señora de Luján!) entré al Colegio con mi hija Florencia de la mano. (Nuestro Señor que todo lo organiza para nuestro bien, me regaló este designio). Mi hija en esa fecha, comenzaba el Jardín de Infantes, porque tenía 3 años y medio y ya quería ir a Jardín. La generosidad y corazón bendito de Madre Dolores Marquez, le hizo un lugarcito…y yo comenzaba mi labor docente en "Mitre". Así…el Día de la Virgen de Luján, madre e hija ingresamos al que sería nuestro otro lugar, nuestra otra familia. Usted, Madre María Luisa me recibió en el hall, con Kitty a su lado, quien nos presentó. Su figura erguida, sus grandes ojos majos y su sonrisa fueron el primer indicio de lo que confirmé al fin de ese año y que repito incansablemente: "regresé a mi casa materna". Porque encontré en usted, al poquito tiempo de compartir las jornadas, además del acento español tan amado y que extrañaba, la rectitud, la sonrisa abierta y la sensibilidad escondida tras la fama de rigurosidad con que la caracterizaban, la semblanza de mi madre.

Y creo que fue "cariño a primera vista" porque me sentí retribuida en el mismo afecto con que me aferré a esas religiosas españolas que me traían en sus brazos, los brazos de la mamá que había perdido años antes…Y así…con su carácter firme, con su celo calasancio en la observación de niñas, adolescentes y educadores, usted fue introduciéndome junto con Madre Adela, en los entrañables senderos del Padre Calasanz. Usted me contagió cada día el entusiasmo por enseñar mi asignatura favorita: LITERATURA ESPAÑOLA, en 4to. año, porque su amplísimo reservorio lector fue para mí como una continuidad y mejora de lo aprendido desde la cuna en mi hogar español y luego en el Profesorado. Entonces, ir al Colegio cada día, era la felicidad. ¡Viví las exigencias como las vivía en mi casa. Nada me hacía echarme atrás, porque ese ritmo de trabajo era mi ritmo y lo disfrutaba plenamente! Y usted, siempre me esperaba con una sonrisa, con un comentario literario…¡y yo bebía de su fuente sabia!

Cuando terminó su período como Rectora, y la sucedió Madre Carmen Aldama, yo ya estaba "establecida" en lo que ya consideraba mi ámbito natural. Pero ya no tenía a mi primera maestra, amante de la Literatura, hermana de la Música, hija de San José de Calasanz en su servicio al Señor en las niñas. Sin embargo, a la maestra primera en mi camino escolapio, la seguí recordando en cada enseñanza aprendida. Ella sembró en mí esa sed por conocer más sobre los Santos Fundadores - ya se empezaba a conocer más de Madre Paula - y el Señor me regaló por medio de cada una de las Madres, la gracia de adentrarme en el corazón de ellos.

Años después, nuevamente pudimos encontrarnos; usted ya como Representante Legal, repartida su labor entre Concordia y Buenos Aires. (Nadie que la haya conocido dudará de toda la increíble capacidad intelectual que le permitía realizar tanto trabajo con eficacia sorprendente, con lucidez extraordinaria) ¡Dios la dotó con muchísimos dones especiales que alimentó y repartió entre todas sus hermanas y alumnas!

Ya mi hija estaba culminando su etapa en el Colegio y se vivía la pronta Canonización de nuestra Paula. Recuerdo ese hecho tan significativo porque usted disfrutó tanto la obra teatral que hicieron las alumnas sobre tan caro acontecimiento. "Entre el Cielo y la Tierra" fue para usted un verdadero gozo y nunca se cansó de recordármelo y de repetirlo a todos: "¡Pero ocurrírsele a tu hija poner a Mozart en el Cielo esperando a Madre Paula"!- y se reía como una niña y disfrutaba. ¡Y Popy y yo compartíamos su felicidad porque verla esos días y cada vez que la recordaba, era una verdadera fiesta!

A la altura de estos años, Dios y usted ya me regalaban toda, toda la confianza y mientras yo seguía escuchando mención a su carácter riguroso, a la vez que sabía que tras él había un ser sensible, exquisitamente sensible, bondadoso y tierno que escondía tras una fachada severa, esos rasgos de madre amorosa. No le gustaba mucho los besos, pero sí saberse querida. No era de demostraciones, pero sí de acercarse de corazón a corazón en la intimidad de una charla sanadora. ¡Sabia y piadosa!

Haciendo raconto de todo lo compartido, llegué ahora a la conclusión de que el Señor quiso que usted estuviera con nosotros, en Concordia, en los momentos más trascendentes de la historia escolar de los últimos 25, 30 años: Canonización de Madre Paula Montal, Centenario del Colegio, que fue al año siguiente - año 2002 - y que me permitió una vez más - emocionarme con su corazón generoso, cuando me esperó una mañana para poner en mi mano una tarjeta para que yo acudiera a la Cena de festejo. Así era usted…silencios cargados de mensajes, gestos rebozantes de humanidad, cercanía que no se viera mucho…pero que estaba ahí, al alcance del corazón…¡siempre!

Hubo también momentos menos gratos pero que enseñan dolorosamente con menos tiempo: el conflicto docente extendido por todo el país pero que en Entre Ríos - como en otras provincias - estaba agravado por el pago con bonos que nadie recibía; un paro docente interminable que nos encontró en la disyuntiva de pensar qué era lo mejor que podíamos hacer. ¡Y nos apoyó férreamente en nuestra decisión de seguir dando clase, aunque fuera Mitre la única institución que lo hacía en la ciudad! Porque encaró a los padres de familia para que reconocieran la labor de los educadores del Colegio que pese a todas las vicisitudes que atravesábamos, optábamos por seguir dando clases. Y porque su astucia sana y lucidez inefable, logró que todos le respondieran de qué manera nos podrían ayudar…¡Solo Madre María Luisa lograría esto! Y las fuerzas se redoblaron y orgullosamente íbamos al Colegio porque estábamos convencidos de que esa era la respuesta más eficaz a tanta falta de respeto de parte de las autoridades…O cuando con algún que otro paro por distintos motivos usted nos hacía reflexionar sobre la importancia de hacerlo o no, siempre y cuando cumpliéramos en avisarle a usted personalmente. ¡Siempre al lado…siempre cerquita…reflexiva y objetiva en sus opiniones y consejos!

Y finalmente…el último período de su misión en Concordia…Madre María Luisa volvió nuevamente. Sé que Dios la envió aquí, junto a mí otra vez, para levantar mi ánimo ante la partida de Madre Ana María, mi fiel maestra, consejera maternal, compañera codo a codo, durante mis años ya como rectora. Y esta caricia de Dios fue el tiempo de las charlas a la hora de la siesta, cuando yo podía sentarme a completar papeles, pensar acciones…(el colegio a esa hora recuperaba quietud porque las actividades eran rotativas y el bullicio de la mañana se apagaba)y esperar su llegada, lenta…lenta…cada día más lenta; a veces, muy pocas, con su bastón; pero siempre erguida, entera. (Debo decir que en muy, muy contadas ocasiones la vi frágil, y fueron durante estos años en que ya su andar era pausado, a veces doloroso; o cuando situaciones graves nos amenazaban esa serenidad tan escolapia, los años decían en su cuerpo que ya había andado demasiado y todo parecía sobrepasar ese cuerpo, pero nunca el genio). Era la hora de compartir la confianza total, mutua, inconmensurable. Así, yo la ponía al tanto de todas las novedades de Secundaria, las que me pedía que le pusiera por escrito para poder cumplir con su labor de cronista de la Comunidad, sin olvidarse de nada. Inmediatamente, la charla giraba a temas más mundanos y universales: le gustaba Serrat aunque desafinaba, recordaba las hazañas de lo que quedaba de la Realeza de España, a veces recordaba a sus hermanos sacerdotes o compartía noticias allende el mar. ¡Qué tesoro guardo en mi alma de cada momento…aunque hoy los lloro por ya no volverlos a vivir…!

Y aquella rectora lejana de mis primeros años en el Colegio, era ahora una anciana que seguía inquebrantable su labor lectora. ¡Siempre encontraba sobre mi escritorio, recortes de "La Nación" con notas sobre Literatura, Arte, Política, los que conservo aún! ¡Hasta pude saber cuándo recibía envíos de su familia desde España pues cuando eso ocurría, aparecían turrones españoles (mi debilidad fomentada por mi madre española) sobre los papeles con los que estaba trabajando! Y esto que pareciera una tontera, tiene un profundo significado para mí porque así mi madre nos agasajaba en las fiestas de Navidad y Año Nuevo…Cuando la perdí, faltaron los turrones hasta que nuevamente pude conseguirlos. Así…Madre María Luisa tal vez sin saberlo, me recuperó aquel recuerdo de mi infancia y adolescencia…con ese mismo afecto materno…

Y podría seguir y seguir sin tiempo, recordando gestos, palabras, momentos que hoy crecen a la altura de mi dolor humano.

El último período también tuvo momentos de festejos inolvidables: la visita de Madre General, sus noventa años cumplidos aquí en Concordia…¡Y todo nos era poco para homenajearla…! Y usted, serena, casi escondida, estoica en la celebración pero íntimamente emocionada…porque Madre Nati consiguió comunicarse con sus hermanos que enviaron un vídeo (como lo pronunciaba usted), porque las alumnas prepararon con cariño, ese que tan ferviente y sinceramente dispensan a sus Madres Escolapias, un acto de celebración. ¡Porque todos los que conformamos esta querida Comunidad, queríamos hacerla sentir feliz! ¡Y sé que lo fue…aunque tantos besos y abrazos la hicieron sentir atosigada, por momentos! Pero en realidad, todo nos era poco para expresarle nuestro cariño, nuestro agradecimiento. ¡A los 90 años, una Escolapia seguía incansable, acompañando nuestro caminar, desde el saludo y la oración de la mañana. Aunque las piernas ya no respondieran como usted querría…aunque necesitara que relatáramos más lentamente cada información para procesarla como sólo usted sabía…! ¡A los 90 años, una Escolapia seguía con la alegría juvenil a flor de labios repartiendo pulseritas tejidas a las nenas de aquel 6to. grado que le hablaban "en español", cantando y enseñándonos a entonar, huyendo de la Capilla porque su oído absoluto no soportaba nuestros desafinos. ¡Ay, Madrecita querida, si usted me escuchara ahora subir cantando con las niñas para ir al Oratorio, sin duda me echaría hasta que aprendiese a entonar…!

Y como a cada rosa (roja como le gustaba) le corresponde su espina, pude comprobar una vez más, cuán férreo sostén fue en mi vida cuando tormentas sacudían mi frágil labor de conducción: el señor Ábalo, padre de una bien malcriada niña, nos hizo padecer varios sinsabores que felizmente concluyeron en la verdad. Pero usted estuvo junto a mí, como antes Madre Ana María, para enfrentar por mí las amenazas bajas y ruines que este señor lanzaba al Colegio y a mi persona. Como se lo había dicho cuando regresó, mi renuncia la tenía por anticipado, para hacerla efectiva si había algo que yo hiciera, dañara al Colegio…Volví a recordarlo en ese remolino de problemas…¡y usted, frágil pero fuerte, humilde en su inmensa dignidad, me preguntó si yo lo haría! ¡Pues, claro que sí…cómo no responderles de esta manera a quienes me dieron toda, toda su confianza, todo su cariño, todo su saber…! El P. Cachito, capellán de ustedes por ese tiempo, lo desaconsejó y finalmente, nuestro Padre que ordena el tablero, hizo que todo fluyera hasta acabar con el conflicto de manera natural y demostrarme que no era yo el problema, sino la soberbia inaudita e inexplicable de dicho señor y familia. Así…juntas, con tecito de melisa a la noche, fuimos pasando este mal trago y yo, como siempre, una vez más sentí que mi base era más fuerte que todo lo que viniera: mi Fe y mis Madres Escolapias…

Sólo me di el gusto en una ocasión, de dar yo la cara por usted, cuando un verdadero "caradura", esposo de un miembro del personal del Colegio, vino a hacer un escándalo en defensa de su señora - en licencia- profiriendo palabras ofensivas hacia su persona. No lo toleré y con la mayor educación pedida a Dios en ese momento, no me quedé callada. Yo después le conté el altercado, pero sólo la parte que no doliera. Era inconcebible para mí que la lastimara en su fragilidad de persona muy mayor. Y aún lo recuerdo porque me dolió tanto como si hubiesen ofendido a mi madre. Cosas de esta realidad que vivimos, que nos hace reafirmar nuestros valores "viejos". Ahí yo me sentí una de ustedes y como verá, los malos momentos también nos unen.

Me resta decirle ahora, ¡cómo extrañé durante mi último año en el colegio, el escribir los informes del día para dejárselos en el ascensor! Me faltaba esa tarea diaria…ya no estaban arriba las Madres para hacerles llegar lo que necesitaban o nos pedían…

¡Y un adiós definitivo nunca dicho! Por eso y por todo, todo, todo lo vivido hoy le escribo al Cielo!

¡Gracias por haberme dado su confianza íntegra! ¡Gracias por legarme y recordarme la firmeza en el obrar, a pesar de que a veces no guste! ¡Gracias por el cariño envuelto con un papel que decía España! ¡Por aquella cartuchera que me dejó en el escritorio, la rosada que a usted no le gustaba, y que me regaló cuando supo que yo andaba "penando" por mi cartuchera extraviada, que tenía la lapicera pluma que usaba desde chiquita. - Otra mezquindad mía mundana, en poner recuerdos y personas en los objetos y que hoy conservo como un tesoro -, como los dos libros que me regaló en distintas épocas: "La arboleda perdida" de Rafael Alberti y "El maestro de esgrima" de Arturo Pérez Reverte, españoles que acaricié estos días con mucha nostalgia. ¡Gracias por el cariño que tuvo por mi hija siempre, más allá de la obra que escribió y que la movilizó con Mozart! ¡Gracias por enseñarme el rigor dulce del P. Calasanz, la fidelidad inclaudicable de Madre Paula! ¡Gracias por permitirme conocerla como realmente era! Creo tener la certeza de que no a muchas personas le concedía eso…¡Descanse en paz ahora, en la Gloria junto a Cristo nuestro Señor! Anduvo mucho, sembró mucho…enseñó mucho…mucho más que canto y música. Nos enseñó a ser personas con valores, que defienden los valores con la convicción de corazón y pensamiento. ¡Que su canto celestial sea cada día la alabanza que le consagraba a Dios cada mañana, y que el revoloteo de sus mágicos abanicos, sea el aire benefactor que nos seguirá enviando, en complicidad con el Espíritu Santo para que sigamos caminando por el camino que nos enseñó a quienes tenemos que seguir manteniendo en alto los ideales de nuestros Santos Patronos. Con la fuerza con que usted lo hacía, con la fuerza de la Fe, de la Esperanza, de la Caridad.

Otra hija de ellos partió a sus brazos para gozar de la Música Eterna con la misma sonrisa franca y juvenil…con los ojos sorprendidos ante las Maravillas que supo merecer por su Misión de Amor durante tantos años. ¡Siempre la llevaré en mi corazón, mi Madre María Luisa! Todo duele mucho hoy…pero usted ahora, me seguirá enseñando desde la Eternidad. ¡Dios me ayude a ser mejor cada día, perdone mis fallos y mis miserias humanas, para merecer su sonrisa cuando nos encontremos! ¡Hasta que Él lo diga…!

Ana María Sampieri
ESCOLAPIA POR ADOPCIÓN
Concordia, 15 de julio de 2016.

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